Viaje en el tren a las nubes, pcia. de Salta, viaducto La Polvorilla - 1998

29.9.04

Tren a las nubes - Salta - 1998

Tren a las nubes - Salta - 1998

LP/oct.98
Querido amigo:

Hace pocos días tuve la fortuna de poder conocer EL TREN A LAS NUBES y te escribo para contarte algo de esa experiencia.

Es un tren que sale de la ciudad de Salta solo los sábados y trepa la precordillera rumbo al oeste, hacia la frontera con Chile. El viaje dura 15 horas y el tren va a una velocidad de 40 kmts. como máximo, buscando los valles y desfiladeros de los cerros de la puna. Hace 214 kmts de ida y otros de regreso. Va al paso de un hombre corriendo, zigzagueando y trepando corajudamente entre millones de cactus y majestuosas montañas...

Vale que empiece por referirte cómo es el paisaje.

Qué puedo decirte... son Los Andes; los más áridos Andes que jamás he visto. No son los históricos y agridulces de Mendoza ni los florecientes de Neuquén y Río Negro. Son los de Salta, profundos, graves, poblados de paja brava, piedras y cactus. Son montañas que van creciendo en vista y altura, en colores y majestuosidad. Basta con quedarse un ratito en la ventanilla contemplando ese lento discurrir de piedras gigantes para que te invada el alma una dulce melancolía. La aridez y la inmensidad te perforan el alma y se empieza a entender un poquito a la poca y extraña gente que habita por esos lares, todos tan argentinos como vos y yo. Desde nuestras grandes y occidentales ciudades es imposible entender a esos pobladores, a esos hermanos de la patria que portan un DNI igual al tuyo y al mío.

Cuando el tren pasó por Campo Quijano, “el portal de Los Andes” (recuerdas la zamba?) yo no podía creer que ese puñado de casas bajas fuera tan distinto a lo que me había imaginado. En esos parajes contra fondo de montañas te sentís un piojo, un nadies; cualquiera de esos cactus tiene más derecho a estar ahí que el más orgulloso de los coyas.

El tren arranca desde Salta y enfila directo hacia la Quebrada del Toro tratando de cobrar altura. En Salta hay 1.187 mts. sobre el nivel del mar y hay que llegar a los 4.200 del viaducto La Polvorilla; eso cuesta y los ingenieros que idearon el trayecto las pensaron todas. Idearon varios artilugios para hacerlo subir, subir y subir. Era preciso llegar a Chile y pasar la barrera de los 4.800 hasta bajarlo en Antofagasta.

El ingeniero padre fue el Sr. Ricardo Fontaine Mauri, un norteamericano nacido en Pensylvania y fallecido en Campo Quijano en 1950.

La gran obra se empezó a construir en el año 1921 y se terminó en 1948. En un par de lugares ves que el tren se detiene, da marcha atrás siempre subiendo y luego retoma el andar. En ese zig-zag gana 68 metros hacia las nubes y continúa su marcha tan lenta como segura, siempre ascendente. Nunca para de ascender, ese tren quiere llegar a las nubes y si me acompañas en el relato verás que lo consigue.

Te sigo contando. Tiene 10 vagones tirados por una locomotora diesel de la década del 60. Los vagones son de lo que era la primera del Roca en esa misma década, apenas si reciclados. La organización es tipo primer mundo con todos los servicios y todo en buen estado de funcionamiento. Hay agua y enseres en los baños, cada vagón tiene un guía de turismo, llevan médico y enfermeros, hay estafeta postal, salón comedor, bar, todo muy bien cuidado y atendido. Calefacción, ventiladores, música, video y recreaciones. Para amenizar el largo viaje hay espectáculos en cada vagón y cada guía se desvive por atender a los pasajeros. Son 15 largas horas de marcha y casi que no te aburrís.

Afuera el paisaje es de locos, tanto a la mañana con el levante del sol como al atardecer cuando las sombras pintan las montañas de otros colores y te regalan un paisaje distinto.

Carga 54 pasajeros por vagón o sea que viajamos 540 personas. El pasaje cuesta $ 95. En el trayecto se pasa por 29 puentes, 21 túneles bajo las montañas, 13 viaductos, 2 rulos y los 2 zig-zag que ya te he comentado. Pasa por muchas estaciones pero no para; son apeaderos, apenas si una caseta dibujada contra las montañas.

Cuando se llega al VIADUCTO LA POLVORILLA la respiración se te corta. Ese es el puente suspendido sobre el aire y las nubes que sale en todas las fotos del tren. Recuerdo que el guía dijo... “Señores... bajen... y si quieren llorar... lloren”.

El tren atraviesa el viaducto a paso de gusano hasta quedar todo él arriba del puente. Uno se asoma por la ventanilla y ve abajo el precipicio y los fierros que sostienen la propia vida, uno le pide al cielo y al Ingeniero Mauri no se hayan equivocado en los cálculos de ingeniería, que por Dios esta vez no se venga todo abajo.

Son 224 metros de longitud alzándose a 70 metros de altura sobre un río seco y a 4.200 mts. de altura sobre el mar. La gigantesca estructura metálica pesa 1.600 toneladas, fue hecho en la década del 30, es curvo y carece de barandas.Ahí te quedas virtualmente suspendido del aire en el sobrecogedor silencio de la puna. Uno toca las nubes con las manos y se siente un piojo navegando por el universo.

Desde ahí arriba hermano y mirando para abajo y para arriba, tocando el cielo con las manos y acariciando las nubes no puedes menos que pegar un grito. Es el famoso viaducto La Polvorilla, al que lo filman todas las cámaras del mundo sábado a sábado, ese por el cual vale viajar a Salta y estar 15 horas arriba de un tren.

Ahora paso a contarte otra cosa, más de la tierra que del cielo, más de acá que de los celestiales afanes del Ingeniero Mauri.

Te puedes bajar del tren en solo dos ocasiones, la primera en La Polvorilla y la segunda en San Antonio de Los Cobres. Una vez que el tren llega al famoso puente y lo atraviesa totalmente, para. Un par de minutos después da marcha atrás y lo vuelve a atravesar retrocediendo. Entonces los pasajeros pueden bajar.

Hay ahí una explanada muy chiquita donde esperan unos cien coyas con sus mercaderías a la venta. Tienes 20 minutos para estirar las piernas y comprar alguna cosita. Los coyas venden sus artesanías, sus poca cosa, su nada. Son en general mujeres y chicos, vestidos a la usanza, desnutridos y con los dientes negros o faltantes. Venden pulloveres de lana de llama, piedritas, artesanías pobres, algo hecho en cobre o tallado en piedra de lava, hojas de coca, yuyos, todas cosas hechas por ellos o juntadas en esa franca y brutal inmensidad. El precio de la mercadería es irrisorio, no da ni para una puja, es un precio triste, tan triste como ese alucinante paisaje o como ese viaducto colgado del cielo.

El paisaje de La Puna es profundo y depresor, es de una majestuosa melancolía y la gente que lo habita es así, solitaria y resignada.

El chico te ofrece piedritas de cuarzo a 10 centavos y si le dices que ya compraste y te vas te corre y te dice que te las regala y tu ya no sabes qué hacer... quieres abrazarlo y regalarle 10 pesos que para ti es poco y para él una fortuna. El chico no lo sabe pero acaba de encerrarte en La Puna y tu te angustias sin saber muy bien por qué. Te encerró y no sabes para donde disparar.

Es lo mismo que la coya que te vende el pullover de lana de llama tejido por ella a 15 y si no se lo compras es a 12 y si el tren se va es a 10... te repugna comerciar con ella y tampoco te puedes llevar 20 pulloveres porque son baratos. Te da ganas de hacerle una caricia, regalarle un dólar y dejarle el pullover. Compré dos pulloveres, uno a 15 y el otro a 10, fueron los más caros que pagué en mi vida; hoy me duelen.

En San Antonio de Los Cobres comercié con una chiquilla de 5 años que me miraba desde allá abajo. Vendía una llamita hecha de lana y tenía unos ojasos como nunca he visto. Quería esa llamita para Ignacio, el hijo de mi amigo Juan. Le pregunté el precio, me dijo 2 pesos y yo no sabía qué carajo hacer. Le dije que se la compraba si me daba un besito y los ojos se le hicieron dos inmensos faroles que iluminaron toda la puna y mi alma. Le di 5 pesos y me agaché para cerrar trato. Fue el besito más lindo que me dieron en toda mi vida.

Después repartí cuadernos y lápices que había llevado y me sentí cada vez peor allá arriba en San Antonio de Los Cobres; quería regresar a Salta y a La Plata. Me hacían sentir un conquistador redoblando la epopeya de la conquista, un Dios inmerecido y aniquilador, una porquería de persona. Esa puna sale cara, no es para nosotros los del primer mundo y las grandes ciudades, cuesta demasiado.

El paisaje es tan inmenso como grandiosa la marginalidad de sus habitantes; la pobreza es ancha, ajena y dolorosa. Al paisaje le sobra lo que a la gente le falta: horizonte, altura, sueños.

El chico desnutrido que se me acercó vendiendo piedritas de cuarzo y cobre a 10 ctvs. como no se las compraba me las regaló. Fue lo mismo que si me hubiera dado una patada en el culo. Me encerró en su puna, me acorraló en acto y me dijo sin abrir la boca... “ándate”.

En San Antonio de Los Cobres se da un fenómeno inusitado. No es que la gente del tren baja a la ciudad sino a la inversa: la gente va en masa al andén a recibir a los turistas. Es para ellos el único programa de TV de la semana y el único medio de subsistencia; esperan al tren como quien espera el sueldo del mes.

Son marginables, gente que ha quedado totalmente fuera del aparato productivo, son nadie. Y sin embargo una falsa legalidad hace que tengan su DNI igual al mío y tengamos los mismos derechos y obligaciones. Al lado de ellos yo soy Gardel, soy Pizarro, soy Bill Clinton. Ellos ni siquiera hablan mi idioma del Río de La Plata y se me hacía difícil sostener una conversa.

No entiendo a este país, esa gente que bordea las estaciones del Tren a Las Nubes no tiene nada que ver conmigo. Me traje de allá el beso de la coyita de 5 años que me caló hasta el hueso, la maravilla de sus ojasos y esa llamita de lana para el pibe Ignacio. A pesar de todo no es poco.

Sigo por otro lado y disculpa mi trayecto tan arrevesado. El soroche te mata, el mal de la puna, la altura. A mi no me atacó fuerte pero hubo gente a la que tuvieron que darle oxígeno. En La Polvorilla quise subir una ladera –solo 10 metros- para tomar una foto de la feria y casi me da algo, me daba vuelta el mundo y la agitación me hizo asustar. La cabeza era un bombo y agatas si podía pensar. Cada vez que me atacaban 7 vendedoras a la vez huía porque no podía manejar la situación; mi cabeza era un caldo lento y espeso.

Ese tren llega hasta el viaducto La Polvorilla y retorna a Salta pero las vías siguen mucho más allá. Tres días a la semana va por las mismas vías un tren carguero que llega hasta la frontera, hasta Socompa, para bajar luego a Antofagasta. Ese viaje cuesta 30 pesos y el carguero trepa hasta los 4.475 mts. El Mont Blanc –la montaña más alta de Europa- tiene 4.810 mts.

Me llamó la atención encontrar a los mismos vendedores en todas las estaciones, pensé que eran todos iguales o que el mal de la puna me había afectado. A la nena de la llamita la vi varias veces en distintos sitios, me hacía acordar a La Lista de Schindler. Cuando al fin me di cuenta de lo que pasaba quise renunciar a mi nacionalidad. Hay unos capangas que trasladan a los coyas en unas viejas pick-up ganándole de mano al tren. Ni bien el tren sale de una estación salen todos los vendedores corriendo, se suben a la caja de esos destartalados vehículos y ganan la próxima estación, escena que se repite 4 o 5 veces pero con un agravante: a veces las vías quedan 100 o 200 metros por arriba de la ruta y la pobre gente tiene que trepar la montaña velozmente cargando sus mercaderías... es inhumano. Les cobran para trasladarlos.

En fin hermano, ya de regreso te digo que el viaje vale la pena aunque es para hacerlo una sola vez. No se me ocurriría volver, eso no es Mar del Plata y el paisaje es demasiado árido para mi alma.

Esa noche cenamos y dormimos en Salta, una ciudad muy bonita y colonial. Al día siguiente temprano pusimos rumbo al sur y almorzamos en Tucumán: empanadas de las mejores.

A la noche paramos en Santiago del Estero. Al otro día hicimos de un saque los 1.000 kmts. que faltaban hasta La Plata. Qué inmenso que es este país, qué largo. Toda esa ruta –creo que la 34- que va de Salta a Rosario no tiene mucho para ofrecer a la vista como no sean pobres casitas de adobe y una lejanía inmensurable.

Espero no haberte aburrido con el relato.
Va un abrazo.
Mario


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